mutacion septembrina
Crónica de un 15 de septiembre
La mañana del catorce de septiembre, la incansable voz del pequeño Barac repetía con animosa euforia – país, país, mi país, papi, país.
Asombrado, levanté la vista y la imagen de una majestuosa bandera llenó por completo la pantalla del televisor, mientras mi hijo seguía con su estribillo.
Ese sentimiento de nacionalismo, reflejado en un pequeño, motivó mi curiosidad respecto a qué símbolos son detonantes de nuestra identidad como mexicanos. Como un efecto televisivo, las imágenes de los últimos catorce días fueron sucediéndose en mi cabeza, una ciudad inundada de banderas tricolores de múltiples tamaños, hechas todas ellas en China o Taiwán, vendedores de sombreros, paliacates, matracas y algunos que otros elementos que la tradición novelesca ha permitido a propios y extraños formarse una visualización de la “mexicanidad”.
Una mutación citadina a sólo tres colores (y de repente cuatro), imitativos de los propuestos para el lábaro patrio, permite a los habitantes de la ciudad identificarse como mexicanos, como si el sentimiento de nación se pudiera adquirir y desechar con la facilidad de un efecto diurético, este “sentimiento” es a pesar de todo el único enlace que nos podemos permitir los habitantes de la “mejor frontera de México”, ya que para nuestra desgracia estamos muy lejos de Dios y muy cerca de los norteamericanos.

giverny dijo
Me ha gustado mucho el final de tu relato: "ya que para nuestra desgracia estamos muy lejos de Dios y muy cerca de los norteamericanos"...yo estoy lejos de esa frontera (soy española) pero muchas veces tengo la sensación que también están igual de cerca.
He llegado a tu blog por Tragedias, veo que empiezas ahora, te deseo lo mejor, que estar aquí para ti sea motivo agradable. Te añado como amigo ¿vale?
Saludos
6 Septiembre 2007 | 04:24 PM